Al comenzar este nuevo día,
tierno todavía como una hogaza recién hecha,
ahora que despunta el alba
y, en silencio, tu brisa
despierta mis sentidos a la vida,
te saludo con gozo y sin prisas:
¡Buenos días, Padre!
Te ofrezco la jornada entera:
el trabajo, el ocio, la comida,
tareas y decisiones,
encuentros,
idas y venidas,
las cosas corrientes y las nuevas,
el esfuerzo, las alegrías y las penas...
¡Infúndeles tu Espíritu, Padre!
Que tu presencia, fiel y efectiva,
acompañe todos mis pasos.
Me pongo en tus manos.
Amasa mi vida a tu gusto.
Hazme hijo
y hazme hermano.
¡Gracias, Padre!
Al comenzar este nuevo día
te saludo con gozo y sin prisas:
¡Buenos días, Padre!