Hemos escuchado, Señor, la voz de tu Hijo,
que nos invita a dejarlo todo
para seguirle,
y le hemos dicho que si.
Nos hemos ido con él
a buscar un mundo donde habite la justicia.
Él nos ha recibido, Señor, en tu compañía
y por eso te llamamos Padre.
Y por eso aquí, contigo, en la confianza
se nos suelta la lengua y te decimos nuestra alegría,
que es nuestro miedo:
es la alegría de ser tus hijos
y el miedo de no serlo bastante todavía.
Hemos dejado todo: pero, como si tuvieramos imán,
las cosas vuelven y se nos pegan.
Te pedimos, Señor, que el dolor que esto nos da
vaya abriendonos camino a los pobres de la tierra;
con ellos queremos echar nuestra suerte:
te pedimos que nuestros hermnaos y hermanas del pueblo
lleguen a ser para siempre nuestro tesoro.
Te seguimos, Señor, desnudos
en soledad.
Para buscar tu reino
renunciando a hacer una casa.
En el gran teatro del mundo
hacemos de peregrinos, de forasteros;
vivimos de cara a la tierra nueva y a los nuevos cielos;
vueltos a lo que aún no experimenta para nosotros,
vivimos con este gran hueco,
sabemos que tu no serás un espejismo.
Queremos vivir, Señor, como los amantes,
porque es tu amor el que nos hace atentos;
él nos lleva, como a ti, a escuchar el clamor del oprimido,
él nos lleva a servirte en el pueblo creyente y pobre,
él nos lleva a obedecer estos signos de los tiempos.
Queremos vivir en obediencia a tu voz, que nos dice "ven"
y que, cuando nos has convertido,
nos dice "ven a mi pueblo".
Señor, como queremos obedecerte, te pedimos capacidad
para escuchar no sólo el clamor de la agresión.
Obedecer y servir a los que tienen dinero y poder
es hoy el yugo pesado que carga tu pueblo.
Nosotros no pretendemos quebrarlo siendo hombres sueltos
sin amo y sin ley,
sino sirviendo a los siervos, obedeciendo,
sembrando cadenas de solidaridad.
que reomperán el yugo que carga tu pueblo.
Que nunca nos falte amor para mantenernos erguidos
frente a las amenazas y seducciones
de los enmigos del pueblo.
Que nunca nos falte amor para agachar la cabeza
frente a las voces del pueblo.
Y siempre mantengamos abierta la puerta más secreta
de nuestro corazón para escuchar la voz de Jesús.