Gracias, Señor, porque nos llamas a remar mar adentro,
de la orilla del "no hacer mal a nadie" al mar de la santidad,
de la orilla del "compartir unas migajas" al mar de la entrega total,
de la orilla del "rezar por obligación" al mar de la amistad contigo,
de la orilla del "todo está muy mal" al mar del compromiso,
de la orilla del "me da miedo" al mar de la confianza,
de la orilla del "ir tirando" al mar de una vida plena,
de la orilla de un cristianismo recluido en la intimidad y en la comunidad,
al mar de una fe vivida y anunciada en el barrio, el trabajo
y en todos los ambientes en los que se desarrolla nuestra existencia.
No permitas que me quede estancado, en la orilla,
y guíame en la aventura de remar mar adentro,
para encontrarme con mi yo más auténtico,
para descubrir el mar inmenso de tu amor,
para gozar la alegría de la fraternidad más grande.