Gracias, Señor, porque quisiste regresar de la muerte trayendo tus heridas.
Gracias porque dejaste a Tomás que pusiera su mano en tu costado
y comprobara que el Resucitado es exactamente el mismo que murió en la cruz.
Gracias por explicarnos que el dolor nunca puede amordazar el alma
y que cuando sufrimos estamos también resucitando.
Déjame que te diga que me siento orgulloso de tus manos heridas de Dios y hermano nuestro.
También a nosotros nos concedes el regalo de tocarte, de sentirte a nuestro lado.
Ábrenos los ojos de la fe, para reconocerte resucitado en los hermanos,
en las llagas de los pobres, en la Comunión. Abre nuestros brazos para acogerte con amor.