Espíritu Santo, que conviertes lo débil en fuerte,
Tú eres defensor de los pequeños, de los humildes,
de quienes se sienten frágiles y menesterosos.
¡Padre de los pobres! Tú eres fortaleza y a la vez misericordia;
Reconozco mi pequeñez y me abro a ti confiadamente.
Úngeme con tu fuerza para que, si es posible, no caiga,
y, si caigo, dame tu mano para levantarme.
Espíritu Defensor, concédenos ser a nosotros defensores;
guárdanos de la tentación de pensar sólo en nosotros,
mientras nos hacemos los sordos ante los demás.
Que también escuchemos los lamentos ajenos,
seamos voz de las personas desamparadas
y apoyo de quienes se sienten explotados y deprimidos.
Como tú y Contigo. Amén.